México se ha convertido en un lugar inseguro, personas dentro y fuera del país lo reconocen. Desaparecer a manos de la delincuencia se volvió el miedo de muchos mexicanos y para aquellas familias que se encuentran en esta posición, la vida se convirtió en un infierno. Pues parece que la sociedad se une para darles la espalda, en lugar de ayudarlos, lo que dificulta su proceso de duelo y sanación ante esta situación.

Por una parte, los afectados se encuentran ante la indiferencia de las autoridades, que tras miles de casos de desaparición, piden la resignación de los familiares, para no continuar con una lucha que podría incluso convertirse en una situación de riesgo. O porque quizá han visto el mismo desenlace, una y otra vez. Por lo que para ellos, continuar esta lucha se convierte en tiempo, recursos y dolor innecesario.
Solo los casos que llaman la atención en medios, los que hacen un gran descubrimiento, convirtiéndose en una tragedia aún más grande o desenmascarando la corrupción y la tragedia del día a día, logran resolverse. Esas son las únicas situaciones en las que autoridades se comprometen y otorgan los recursos necesarios para la localización de las personas.
Pero aquellos que buscan no entienden de razones, no pueden esperar a que su caso se viralice, quieren recuperar a sus familiares sanos y salvos, o incluso, después de un tiempo, solo quieren un cuerpo y restos que sepultar con honor.
Si las autoridades no escuchan, tampoco lo hace gran parte de la sociedad. Porque para algunos, las miles de personas desaparecidas se han convertido en algo cotidiano, algo que parece formar parte de la programación de los noticieros o de las publicaciones en redes sociales. Para otros, los desaparecidos reciben un castigo que merecían, haciendo suposiciones sobre su involucramiento en el crimen. Ninguno puede ser inocente, si desaparecieron, eran parte del problema.
Estas situaciones llevan a las familias a sentir un completo abandono. Una vulnerabilidad que los lleva a gastar sus propios recursos, desgastarse física y mentalmente, para mover cielo, mar y tierra hasta encontrar un pequeño indicio del paradero de sus seres amados. Lamentablemente, en el peor de los escenarios y el más usual para aquellos que hacen de esta búsqueda su misión personal, llegan a encontrarse con amenazas de las personas responsables de estas atrocidades, convirtiéndose así en los próximos objetivos, a menos que detengan su búsqueda.
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